Cuando el tiempo se detuvo en Willemstad

Velas Curazao 2026 nos recordó, una vez más, por qué esta isla es mucho más que una postal del Caribe.

Por Clara Mesa mayo de 2026


Hay mañanas en Willemstad que se quedan grabadas para siempre. El pasado 2 de mayo fue una de ellas.

Mientras el sol todavía ganaba altura sobre el Handelskade, los primeros madrugadores en llegar al malecón vieron aparecer desde el horizonte algo que parecía sacado de otro siglo: velas desplegadas, banderas ondeando, cascos imponentes avanzando lentamente hacia la boca del Sint Annabaai. Los grandes veleros de instrucción de varias marinas latinoamericanas navegaban hacia el corazón de Willemstad, transformando el puerto más fotogénico del Caribe en una escena que ninguna cámara termina de capturar del todo.

Niños que agitaban la mano desde el muelle. Familias que habían madrugado para asegurarse el mejor ángulo. El ambiente era de esos que uno cuenta después a quienes no estuvieron.


Una tradición que nació de la historia

El Velas Latinoamérica es una regata internacional de buques escuela cuya historia se remonta a 2010, cuando las armadas de Argentina y Chile organizaron conjuntamente el primer encuentro de tall ships para conmemorar los bicentenarios de sus procesos de independencia. Desde entonces se celebra en ciclos de cuatro años, y la edición de 2026 es la quinta de esta elegante tradición.

Curazao tiene su propio capítulo en esa historia. El primer festival de tall ships en la isla se celebró en el marco de los actos por los 500 años de historia escrita de Curaçao. Aquel encuentro plantó una semilla que, más de dos décadas después, sigue dando frutos cada vez que esos cascos enormes doblan la curva del Annabaai y la gente contiene el aliento.


Barcos con biografía

Lo que hace especiales a estos veleros no es solo su tamaño — aunque son enormes. Es que cada uno de ellos lleva décadas formando a las generaciones de oficiales navales de sus países. Son universidades flotantes, embajadas sin edificio fijo, archivos vivos de una forma de entender el mar que el mundo moderno casi ha olvidado.

El BAP Unión de Perú, por ejemplo, es el velero más grande de América Latina y el segundo más grande del mundo, con 115,5 metros de eslora y cuatro mástiles. Verlo maniobrar dentro del Annabaai es uno de esos espectáculos que recuerdan lo pequeños que somos frente al mar.

Durante los días del festival, los visitantes tuvieron la oportunidad de subir a bordo y explorar los buques de forma completamente gratuita — una rareza. No es frecuente que puedas caminar por la cubierta de un buque de guerra activo, hablar con sus cadetes y asomarte a una forma de vida que existe desde hace siglos.


Más que velas

En tierra, el muelle de Motet acogió el Defence & Security Village, con exhibiciones militares, demostraciones operativas y la posibilidad de recorrer embarcaciones de la Marina Real neerlandesa y el Guardacostas del Caribe. El Brionplein vibró con música en vivo, con artistas locales poniendo la banda sonora a una semana que Willemstad no olvidará tan fácilmente.

Fue, en definitiva, una celebración del mar como identidad. Porque esta isla, antes de ser destino turístico, antes de ser hub financiero, antes de cualquier otra cosa, fue siempre esto: un puerto. Un lugar donde el mundo llegaba por mar y se marchaba por mar, cargado de historias y de promesas.

Los veleros ya zarparon rumbo al norte. Pero la estela que dejaron en Sint Annabaai esta semana tardará en borrarse.


En mi Isla, Curazao, pasan cosas maravillosas!

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Sobre la Autora: Clara Mesa Fundadora de Tribbon.org, un movimiento dedicado al empoderamiento del adulto mayor para vivir una etapa de la vida llena de significado y propósito. Como escritora y comunicadora, busco rescatar las historias que nos conectan con nuestras raíces y nuestra esencia.

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