Rigidez psicológica: cuando la mente se cierra y la soledad se instala.

Con Abigail Sosa, psicóloga clínica y Directora de Entre Nosotras – La Segunda Mitad


Hay familias que guardan un secreto que duele nombrar: no pueden vivir con su familiar mayor. No por falta de amor. No por egoísmo. Sino porque cada convivencia se convierte en una trinchera. Porque no hay manera de hacer nada bien. Porque cualquier cambio — de horario, de rutina, de opinión — desata una tormenta. Y con el tiempo, agotados y culpables a la vez, terminan tomando distancia. Y el familiar mayor queda solo. Lo que muchas de esas familias no saben — y lo que muchos de esos adultos mayores tampoco saben de sí mismos — es que detrás de ese patrón puede haber una condición con un nombre: rigidez psicológica.

Hoy en Tribbon abordamos este tema con quien mejor puede guiarnos: Abigail Sosa, psicóloga clínica mexicana, creadora y Directora de Entre Nosotras — el programa de La Segunda Mitad bajo el liderazgo del Dr. Diego Bernardini, padre de La Nueva Longevidad.


¿Qué es la rigidez psicológica — y qué no es?

Antes de definirla, Abigail hace algo fundamental: despejar confusiones. La rigidez psicológica no es una consecuencia de la edad, ni es lo mismo que tener carácter, gustos definidos, preferencias claras o convicciones firmes. Esas son cualidades. La rigidez es otra cosa.

La rigidez psicológica define a aquellas personas cautivas de un férreo patrón cognitivo y conductual: perfiles que no se abren a nuevas perspectivas, que no admiten otros puntos de vista ni toleran los cambios.

Dicho de otro modo: no es terquedad. Es una diferencia sutil pero decisiva: una persona con carácter puede escuchar, puede revisar su postura, puede dejarse sorprender por la vida aunque al final sostenga su criterio. Una persona con rigidez psicológica ha perdido esa capacidad. La escucha se cerró. La adaptación dejó de ser una opción. Y la vida, con todo lo que tiene de inesperado y nuevo, empieza a sentirse amenazamente.


El mito que más daño hace: «a mi edad ya no voy a cambiar»

Aquí está uno de los aportes más poderosos de Abigail en esta conversación: muchas veces la rigidez psicológica no viene de la personalidad. Viene de una creencia. Y esa creencia tiene un nombre: edadismo: «A mi edad ya no voy a cambiar.» «Siempre fui así.» «Así me criaron y así soy.»

Frases que suenan a identidad pero que en realidad son una renuncia silenciosa. Una puerta que se cierra desde adentro — no porque el cambio sea imposible, sino porque en algún momento se asumió que era así. Y esa creencia, repetida sin cuestionarse durante años, termina siendo más poderosa que cualquier realidad: no es que la persona no pueda cambiar, es que ya no se lo permite

Dicho de otro modo: no es terquedad por capricho. Es una mente que aprendió a protegerse cerrándose.

Y aquí Abigail agrega algo que lo cambia todo: la rigidez psicológica no siempre estuvo ahí. A veces aparece después. Después de un duelo, de una depresión, de una pérdida que sacudió los cimientos. El dolor, cuando no se procesa, puede cristalizarse en rigidez,


El costo más alto: el aislamiento

Aquí está la consecuencia más devastadora de la rigidez psicológica no atendida: la soledad. Y no cualquier soledad — sino la que se construye ladrillo a ladrillo con cada convivencia que se rompe, con cada familiar que se aleja, con cada vínculo que no resiste la inflexibilidad.

La soledad no deseada en las personas mayores provoca serias repercusiones en su salud psicológica y física, incluyendo aumento de depresión, ansiedad, y trastornos del sueño. El aislamiento emocional es un factor de riesgo y está vinculado con un deterioro cognitivo más pronunciado..

Los adultos mayores que están solos o socialmente aislados son menos saludables, tienen estadías hospitalarias más prolongadas, son readmitidos en el hospital con más frecuencia y tienen más probabilidad de fallecer antes que aquellos con interacciones sociales significativas y de apoyo.

Lo que empieza como un patrón de pensamiento termina siendo, literalmente, un riesgo para la vida.


¿Cómo identificarla?

Algunas señales que pueden orientar la mirada — en uno mismo o en un ser querido:

— Dificultad extrema para aceptar que otros hagan las cosas de manera diferente
— Reacción desproporcionada ante cambios en la rutina
— Imposibilidad de ceder en discusiones, incluso en las más pequeñas
— Sensación frecuente de que «todo el mundo está equivocado»
— Convivencias repetidamente interrumpidas sin que la persona entienda por qué


¿Qué se puede hacer?

El primer paso, como en casi todo lo que vale la pena, es reconocer que el problema existe y animarse a cambiar. Recibir terapia psicológica también es una opción válida.

Una conversación que muchos necesitan tener

Esta entrevista está pensada para abrir una puerta que muchas familias no saben cómo tocar. Para darle nombre a algo que lleva años generando distancia y dolor. Y para recordar que en La Segunda Mitad, la flexibilidad mental no es debilidad — es uno de los actos de amor más poderosos que podemos ofrecernos a nosotros mismos y a quienes nos rodean.


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¿En qué área de tu vida sientes que te vendría bien un poco más de flexibilidad hoy? ¡Te leo en los comentarios!

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Sobre la Autora: Clara Mesa Fundadora de Tribbon.org, un movimiento dedicado al empoderamiento del adulto mayor para vivir una etapa de la vida llena de significado y propósito. Como escritora y comunicadora, busco rescatar las historias que nos conectan con nuestras raíces y nuestra esencia.

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