Gracias, a pesar de todo

En «Gracias, a pesar de todo», Clara Mesa reflexiona sobre la gratitud en contextos de crisis global y desastres naturales. Frente a la fragilidad de la vida y las pérdidas materiales o humanas, el texto propone una gratitud madura: no la que ignora el dolor, sino la que reconoce que todo lo que tenemos es un préstamo y celebra el valor de lo vivido. Una mirada profunda sobre la resiliencia, la empatía y la perspectiva de la madurez (60+).

La semana pasada el planeta entero pareció temblar. Colombia sintió sacudir su tierra desde el Pacífico hasta el Eje Cafetero. Al otro lado del mundo, Indonesia vivió lo mismo. España también tembló, aunque con menor fuerza. Y mientras tanto, el fuego seguía devorando bosques en Grecia y en Canadá. Distintos países, distintos idiomas, la misma certeza incómoda: nada de lo que damos por sentado es, en realidad, definitivo.

Y sin embargo, en medio de eso, hay algo que insiste en aparecer: la gratitud.

La gratitud que no es fácil

No hablamos de la gratitud fácil, la de frase bonita para publicar. Hablamos de otra, más difícil de nombrar: la de haber tenido, aunque fuera por un tiempo, lo que hoy alguien perdió. La de haber abrazado a quien ya no está, haber vivido bajo un techo que el agua, la tierra o el fuego se llevaron, haber compartido una mesa, una risa, una tarde cualquiera con quienes hoy lloran una ausencia.

Quienes hemos vivido más de sesenta años sabemos algo que quizás antes no entendíamos: nada es realmente nuestro para siempre. Ni las personas, ni las casas, ni los lugares donde fuimos felices. Todo es, en el fondo, un préstamo. Y quizás por eso, cuando la tragedia toca a alguien —cerca o lejos, propia o ajena— lo que nos queda no es solo el dolor de la pérdida, sino también, silenciosamente, la memoria de haber tenido.

Agradecer en medio de la tragedia no es negar el dolor. Es, más bien, negarse a que el dolor borre lo que sí existió. Es decir: eso que tuve, importó. Esa persona, ese lugar, ese tiempo de regocijo, fue real, y nadie —ni siquiera la peor de las pérdidas— puede quitarme que sucedió.

Las heridas que el tiempo no alcanza a cerrar

No podemos hablar de temblores este año sin recordar a Venezuela. Hace casi dos meses, el 24 de junio, un doble sismo devastó la costa central del país, dejando un dolor que todavía no termina de asimilarse. El mundo ya mira hacia otras noticias, como suele pasar, pero las familias venezolanas siguen reconstruyendo lo que se cayó esa noche. Nombrarlo hoy, aunque hayan pasado semanas, es una forma de decir: no los olvidamos. Su dolor sigue siendo parte de esta historia colectiva de pérdida y gratitud que estamos contando.

Lo que la tragedia también revela

Hay algo más que las noticias no siempre cuentan con el mismo detalle que las cifras: en cada uno de estos lugares, mientras la tierra o el fuego arrasaban, también aparecieron las manos que ayudan. El vecino que abrió su casa a quien se quedó sin techo. Los equipos de rescate que no durmieron. Las cadenas de mensajes preguntando «¿estás bien?», los envíos de ayuda que cruzaron fronteras, los desconocidos que se volvieron familia por una noche. La tragedia también desnuda lo mejor de lo humano, y eso, aunque no borra el dolor, sí lo acompaña.

Es fácil, desde la distancia y la comodidad, quedarnos solo con la angustia de las imágenes. Pero si miramos con atención, en cada desastre hay también una lección silenciosa sobre lo que somos capaces de dar cuando el otro lo necesita. Esa capacidad no desaparece con los años; al contrario, muchos de nosotros la hemos ejercido más de una vez, en nuestras propias vidas, ante pérdidas que no salieron en ningún noticiero.

Lo que nos enseña haber vivido tanto

Quienes tenemos más años detrás que adelante hemos enterrado padres, hemos visto casas que ya no existen, hemos despedido amigos y, en muchos casos, hemos empezado de nuevo más de una vez. Sabemos, mejor que nadie, que se puede perder mucho y seguir de pie. Y sabemos también que esa capacidad de reconstruirse no viene de negar lo perdido, sino de atesorar lo que sí se tuvo.

Por eso, cuando el mundo tiembla —literal o metafóricamente— los adultos mayores tenemos algo valioso para ofrecer: la certeza tranquila de que después de la pérdida, sigue habiendo vida. No una vida idéntica a la anterior, pero sí una vida.

Si quieres leer más sobre resiliencia y reconstrucción, te invitamos a conocer la historia de Frida Ayala.

Gracias, a pesar de todo

Hoy, mientras miles de familias en distintos continentes cuentan sus pérdidas —las de esta semana y las de hace casi dos meses—, quizás lo único que podemos hacer desde la distancia es esto: no mirar hacia otro lado. Sostener en la memoria a quienes hoy sufren, sin importar el idioma en que lloran ni cuánto tiempo haya pasado. Reconocer, también, la bondad que se activó en medio del desastre. Y agradecer, con humildad, por lo que todavía tenemos —un techo, una voz al otro lado del teléfono, un cuerpo que despierta otra mañana— sabiendo que ese mismo agradecimiento es lo que nos permitirá, si algún día nos toca perder, seguir de pie.

Porque al final, la vida no se mide por lo que no perdimos. Se mide por lo que sí llegamos a tener, aunque fuera por un instante, y por lo que fuimos capaces de dar cuando alguien más lo necesitó.

Hoy, desde Tribbon, elegimos ver eso. Y elegimos, también, seguir agradecidos.

2 comentarios en “Gracias, a pesar de todo”

  1. Clara, eres una sabia amorosa. con mucha comprensión, información y experiencia. Los terremotos nos dejan lecciones para continuar valorando y agradeciendo la vida, con las situaciones difíciles para agradecer al Creador del Universo por todo cuanto existe y sucede para seguir aprendiendo a ser felices. Abrazo fraternal desde el norte de México.

    1. Gracias querida Tere. Siempre atenta y disupuesta. Pero no quiero tomar esto para mí. No es solo mi sabiduría, es la de todos los que a bien llegamos a la segunda mitad y más. Un abrazo inmenso desde Curazao

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Sobre la Autora: Clara Mesa Fundadora de Tribbon.org, un movimiento dedicado al empoderamiento del adulto mayor para vivir una etapa de la vida llena de significado y propósito. Como escritora y comunicadora, busco rescatar las historias que nos conectan con nuestras raíces y nuestra esencia.

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