Del Archivo Personal | El día que Gabo visitó El Mundo

Medellín, enero de 1983.

Hay momentos que uno guarda en el archivo personal para siempre. Este es uno de ellos.

Corría enero de 1983 cuando quienes laborábamos en periódico El Mundo de Medellín, recibimos la noticia: Gabriel García Márquez vendría a visitarnos. El Nobel de Literatura más reciente del planeta — el galardón había llegado apenas el 21 de octubre de 1982 —estaría en nuestras instalaciones.

Pero había algo más que muchos de nosotros no sabíamos entonces.


Foto: Archivo personal de Clara Mesa. Prohibida su reproducción sin autorización

Una carta desde México

Lo que se revelaría después Darío Arizmendi, le da a esta visita una dimensión que va mucho más allá de una cortesía entre amigos.

En febrero de 1982, meses antes del Nobel, Gabo le había escrito una carta a Arizmendi desde México. En ella le decía que llevaba uno o dos años analizando la prensa colombiana y había llegado a una conclusión: El Mundo de Medellín era el periódico que más se acercaba a su propia visión del periodismo. Tanto, que quería asociarse con Arizmendi para fundar un nuevo diario en Bogotá — que llamaría «El Otro» — inspirado precisamente en el modelo de El Mundo.

La carta terminaba: «Un abrazo, Gabriel García Márquez.»

El Nobel frenó ese sueño. Gabo entró en un año de conferencias, viajes y presentaciones. Pero la admiración por El Mundo era real. Y cuando llegó a visitarnos en enero de 1983, no venía solo a ver a un amigo. Venía a conocer de cerca el periódico que había inspirado su propio sueño periodístico.


El Mundo no era un periódico cualquiera

Fundado el 20 de abril de 1979 por Darío Arizmendi y un grupo de empresarios y periodistas, El Mundo nació con una filosofía liberal y pluralista — el primer periódico colombiano con una redacción completamente computarizada.

Foto de Darío Arizmendi: Editorial Santillana / Wikimedia Commons (CC BY 3.0).

Pero más que su tecnología, El Mundo palpitaba al ritmo del cambio de una ciudad que hervía de ideas, de voces nuevas y de un periodismo que se atrevía a mirar diferente.

Por sus páginas circulaban nombres como Daniel Samper, Alberto Aguirre y Héctor Abad Gómez — padre del escritor Héctor Abad Faciolince. El jefe de redacción era Héctor Rincón y la subdirectora Martha Botero de Leyva.

Gente joven con ideas frescas y muchas ganas. Yo era parte de ese equipo desde el departamento de publicidad — junto a mis colegas Gloria, Gabriel, Jorge, Bertha, Agnes y Patricia, apoyando comercialmente un diario que nos llenaba de orgullo. Tenía 26 años y esa edad en la que uno quiere comerse el mundo. En esa fiesta de notas y primicias era imposible no impregnarse de tinta, de cambio, de movimiento continuo. No era periodista de planta, pero andando entre periodistas, algo se te mete en la sangre.


El día que llegó

Ya nos habían anunciado la visita. Ese día había una mezcla de ansiedad y emoción que se sentía en el aire. Todos estábamos, como se dice, bañados, peinados y perfumados.

Habíamos terminado nuestra reunión diaria cuando Darío Arizmendi entró a nuestro departamento acompañado de Gabo.

Yo esperaba cierta arrogancia. Era lo que había visto en tantos personajes importantes que desfilaban por el periódico — marcando la diferencia entre caminar y flotar. Pero no.

Gabo le dio la mano a cada uno. Recorrió los departamentos. Se tomó fotos. Estuvo presente de verdad. Arizmendi lo describe en sus propias palabras: «buena gente, humano, simpático, un hombre que escuchaba mucho, muy prudente a la hora de hablar.»

El encuentro fue breve. Pero lo que dejó fue difícil de describir y fácil de sentir: la sencillez de un hombre que acababa de conquistar el premio más importante de las letras universales y que aun así te miraba a los ojos y te daba la mano como su igual.

Gabriel Buitrago, nuestro jefe de fotografía, capturó ese instante. Una foto que guardo como tesoro — testimonio de un momento que la historia no registró en titulares, pero que yo viví.


El sabor que se quedó para siempre

Aquellos años en El Mundo fueron mi escuela. No la escuela formal del periodismo — yo era publicista — sino la escuela de la calle, de la noticia urgente, del rigor y el respeto por la palabra.

Éramos los protagionistas de una época de oro. Pero ya entonces se vislumbraban las primeras señales de la oscuridad que vendría. Una ciudad y un país que estaban a punto de vivir sus capítulos más dolorosos.

De esos tiempos me quedó algo que no se aprende en ningún aula: el sabor del oficio. Ese instinto de buscar la historia, de verificar antes de publicar, de respetar al lector. Lo aprendí con los que ejercieron ese trabajo con pasión. Y hoy, desde Tribbon, lo practico, como una buena alumna — recordando a los que me enseñaron que comunicar bien es, antes que todo, un acto de respeto humano.

Así como lo demostró Gabo ese enero de 1983, dándole la mano a cada uno.


Al final, estar al lado de Gabo me demostró que la grandeza de los verdaderos genios se mide por su humildad, no por su ego. No necesitan pisar a nadie para brillar.

Esa misma lección de sencillez la vi años después con otra gigante de la música. Si quieren conocer esa otra aventura, aquí les dejo la historia de cuando Raúl y Luis se cruzaron con la mismísima Celia Cruz.


Foto: Gabriel Buitrago, jefe de fotografos de El Mundo. Medellín, enero de 1983. Fuente: Entrevista a Darío Arizmendi. El Espectador, 10 de septiembre de 2014.: «Gabo no contado» — Darío Arizmendi. Editorial Aguilar, 2014.


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Sobre la Autora: Clara Mesa Fundadora de Tribbon.org, un movimiento dedicado al empoderamiento del adulto mayor para vivir una etapa de la vida llena de significado y propósito. Como escritora y comunicadora, busco rescatar las historias que nos conectan con nuestras raíces y nuestra esencia.

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