Serie olvidos primera parte
«Cosas de viejos», dicen, cuando alguien deja las llaves en la nevera, busca las gafas llevándolas puestas, o encuentra un billete olvidado en el bolsillo de un pantalón después de haber sospechado, casi con rabia, que algún amigo de lo ajeno se lo había robado.
Pero antes de aceptar esa etiqueta, hagamos memoria de otros tiempos: los de la juventud, cuando todavía nadie nos miraba con esa sonrisa condescendiente de «pobrecito, está en la edad».
Recuerdo una situación de mis inicios laborales. Era yo una joven profesional, trabajando para un medio de comunicación y luciendo con orgullo mi primer auto: un Fiat, comprado con los ahorros de varios meses. Un día fui a un restaurante a atender un compromiso de trabajo. Esa fue una jornada perfecta. Al salir, me subí toda empoderada a mi auto y arranqué y ya a mitad de camino me di cuenta, con horror, de que ese auto no era el mío. Miércoles!. Me devolví al restaurante y para mi sorpresa, allí estaba el verdadero dueño del auto, acompañado de la policía. Había salido también el gerente del restaurante y varios curiosos se habían aglomerado en el lugar. Me miraron con sospecha, pero les expliqué la situación, yo colorada como un tomate, mientras ellos no paraban de reírse. Ahora díganme ¿Qué probabilidades hay, estadísticamente hablando, de que la llave de arranque de un auto funcione a la perfección en otro auto casi idéntico, estacionado justo al lado del propio? Prácticamente ninguna. Y ahí estaba yo, la prueba de que lo imposible era posible.
Y siguen los despistes
En otra ocasión, tenía una reunión de trabajo en otra ciudad. Llegué al aeropuerto, lista, organizada, puntual… y me di cuenta de que había olvidado la maleta en casa. Tuve que devolverme, por supuesto, y llegué tarde a la reunión.
El que diga que nunca le ha pasado algo así, tiene mala memoria. Todos, sin excepción, hemos tenido momentos de despiste como estos. La diferencia es que, en la juventud, se los cuenta como una anécdota chistosa. En la adultez mayor, esos mismos episodios se vuelven, injustamente, evidencia de ‘que ya está viejo’.
También te puede interesar: La edad que se siente
Lo que dice la ciencia
Y aquí vale la pena ser precisos, sin romantizar nada: el cerebro sí cambia con la edad, eso es innegable. Todos los cerebros sanos se encogen con el paso de los años, y la materia blanca, esos «cables» que conectan las distintas zonas del cerebro, pierde algo de eficacia con el tiempo. La memoria episódica, la que nos permite recordar hechos y momentos específicos, empieza a hacerse notoriamente menos precisa a partir de los 60 años y es completamente normal que ciertos despistes se vuelvan más frecuentes y previsibles con los años.
Pero aquí está el matiz importante: olvidar ocasionalmente dónde se dejaron las gafas o las llaves, o entrar a una habitación y no recordar para qué, son fallas de memoria normales entre adultos mayores, no señales de advertencia de demencia. El problema real no es el olvido en sí, sino la lupa con la que se lo mira: investigaciones recientes muestran que los adultos mayores que se preocupan más por desarrollar demencia tienden a interpretar cualquier lapso cotidiano como una señal de deterioro inminente, y esa ansiedad termina afectando negativamente su bienestar. El estigma, entonces, no solo es injusto: puede llegar a hacer daño.
Así que sí, el cerebro se transforma con los años, la ciencia lo dice sin rodeos. Pero transformarse no es lo mismo que fallar. Llevarse el auto equivocado a los veinticinco, u olvidar la maleta a los treinta, es el mismo tipo de distracción ocasional que dejar las llaves en la nevera a los sesenta: un despiste puntual, que se recuerda o se resuelve apenas se cae en cuenta. Ese tipo de olvido, el que va y viene sin dejar rastro, apenas hace parte del paisaje natural de estar vivos por más tiempo. Ahora, cuando el olvido deja de ir y venir, y empieza a instalarse, ahí sí vale la pena prestar atención, y de eso hablamos con toda la responsabilidad en nuestra siguiente entrada.
Reírse de uno mismo, un acto de salud
Aquí está la verdadera clave: podemos vivir estos momentos con frustración, rabiando con nosotros mismos, o podemos elegir tomarlos con humor, tal como seguramente lo hicimos alguna vez en la juventud, sin culpa ni vergüenza. La segunda opción no solo es más sana, es infinitamente mejor.
Reírse de estas pequeñas torpezas cotidianas no es rendirse ante la edad, ni darle la razón a quien quiera etiquetarnos. Es, más bien, una forma elegante de decirle a la vida: «sí, me pasa y todo bien». Ese es, quizás, uno de los verdaderos superpoderes que llegan con los años: la soltura de dejar de tomarnos tan en serio las cosas.
Un ejercicio para hoy
Le proponemos algo sencillo: la próxima vez que se sorprenda buscando algo que ya tiene puesto, en la mano, en vez de fastidiarse, sonría. Cuéntelo después, con gracia, a quien quiera escucharlo.
Y para empezar esta cadena de risas compartidas, le preguntamos: ¿cuál ha sido su propio «auto equivocado» o «maleta olvidada»? Cuéntenoslo en los comentarios, sin pena. Nos encantaría reírnos juntos esta semana.
Fuentes:
- National Institute on Aging (NIH). Memoria, olvido y envejecimiento. — nia.nih.gov/espanol/memoria/memoria-olvido-envejecimiento
- Infobae (junio 2026). Cuándo un olvido deja de ser normal: las señales que identifican los neurocientíficos. — infobae.com/salud/ciencia/2026/06/15/cuando-un-olvido-deja-de-ser-normal-las-senales-que-identifican-los-neurocientificos