Hace poco pregunté, sin más intención que la curiosidad de siempre, cuántos años cumplía una persona allegada. Ella respondió visiblemente irritada, cómo preguntas eso? entonces otras voces se sumaron para recordarme que esas son «conversaciones de gente con poca educación», que a una dama no se le pregunta la edad.
Me quedé pensando en esa frase varios días. Porque detrás de la «buena educación» a la que se apela, hay algo más incómodo: la edad se convirtió en un dato que hay que esconder, no en un número que hay que celebrar.
Pero el incidente me llevó más lejos de lo que esperaba. Porque si a nosotros nos ofende que nos pregunten la edad, ¿qué nos decimos a nosotros mismos cuando nadie pregunta nada? Ahí aparece el verdadero problema, el que rara vez se nombra: el edadismo interior.
Cuando el límite ya no viene de afuera
De eso se trata este texto: de identificar el momento exacto en que el límite dejó de venir de afuera y empezó a venir de nosotros mismos.
El edadismo que más duele no es el que ejercen los demás. Es el que terminamos ejerciendo sobre nosotros mismos, sin darnos cuenta, cada vez que decimos «ya para qué» o «ya estoy viejo para eso».
Ya para qué voy a estudiar algo nuevo. ¿Valdrá la pena enamorarme otra vez? ¿Para qué viajar solo a esta edad? Ya para qué me voy a poner ese vestido o empezar ese proyecto.
Ninguna de esas frases nace de un límite físico real. Nacen de un guion que escuchamos durante décadas, tantas veces, que terminamos recitándolo nosotros mismos como si fuera sentido común. Y una vez que ese guion se instala por dentro, ya no hace falta que nadie nos limite desde afuera: nos limitamos solos, con más eficacia que cualquier comentario ajeno.
La pedagogía que nunca recibimos
Vuelvo al incidente del cumpleaños porque, si no ilustrara tan bien este concepto, tal vez ni lo mencionaría: «conversaciones de gente con poca educación» es exactamente lo que el Dr. Diego Bernardini señala cuando habla de la falta de pedagogía de la longevidad. No es que a esas voces les falte educación en general. Les falta, específicamente, esa educación: la que enseña a convivir con la edad en lugar de esconderla.
El Dr. Bernardini lo planteó con claridad en una columna reciente en Infobae: nos falta pedagogía de la longevidad. Una educación que enseñe, desde la niñez, a vivir vidas más largas y multigeneracionales, y que prepare a cada persona para las transiciones que trae ese tiempo extra: de trabajo, de vínculos, de salud, de identidad.
A nosotros nadie nos enseñó esa pedagogía. Crecimos con un solo programa sobre la vejez, y era breve: se trata de una etapa de repliegue, de cuidado, de renuncia progresiva. Nadie nos enseñó que la segunda mitad de la vida también admite comienzo, deseo y reinvención. Por eso, cuando llegamos a ella, muchos de nosotros no encontramos un límite verdadero, sino la ausencia de un permiso que nadie nos dio, y que tenemos que aprender a darnos nosotros mismos.
El privilegio que se nos olvida
Conviene decirlo sin rodeos: envejecer es un privilegio, no una condena, aunque no siempre se sienta así. Esto no significa que no tengamos derecho a quejarnos de una arruga o un achaque: significa que, junto a esa queja, también cabe la gratitud. Hubo, y hay, muchísimas personas que nunca llegaron a hacerlo. Cada cumpleaños que tachamos con resignación es, también, una prueba de que seguimos aquí para contarlo.
La idea no es esconder la edad. Es lucirla. No como un número que se declama con orgullo forzado, sino como una acumulación de años vividos, de errores corregidos, de vínculos sostenidos, de cosas que ya sabemos sobre nosotros mismos que a los veinte ni siquiera sospechábamos.
El costo de atreverse
Hay algo que no se suele contar y que quienes decidimos no seguir el libreto antiguo terminamos rompiendo moldes y pagándolo en carne propia con el rechazo de quienes sí lo siguen.
Atreverse a preguntar la edad sin vergüenza, a vestir lo que nos gusta y no lo que «corresponde», a empezar algo nuevo a los setenta, a hablar de cambios, de proyectos, de reinvención, puede convertirnos casi en una amenaza para quienes construyeron su identidad entera alrededor de ese guion. No lo dicen así, por supuesto. Lo dicen con eufemismos: es de mal gusto, no es la edad, qué van a pensar. Pero el mensaje de fondo es el mismo que recibí yo con aquella pregunta sobre un cumpleaños: quien rompe el libreto incomoda, y a quien incomoda se lo trata casi como a un hereje social.
Es una paradoja incómoda. Los mismos que se quejan de sentirse invisibles o descartados por su edad son, muchas veces, los primeros en juzgar a quien decide vivirla de otra manera. Porque el guion antiguo no solo limita a quien lo sigue: también vigila a quien se sale de él, como si esa libertad fuera una crítica silenciosa hacia quienes no se atrevieron.
Rompiendo moldes
Vale la pena decirlo con claridad: ese rechazo no es una señal de que estamos equivocados. Es la señal de que el guion todavía tiene fuerza, y de que atreverse, precisamente por eso, sigue siendo necesario.
Toda ruptura de moldes empieza así. La nueva longevidad no es una idea que ya esté instalada y aceptada por todos: es un concepto que se está desarrollando sobre bases muy sólidas, y quienes la vivimos hoy, rompiendo el guion antiguo en carne propia, somos los pioneros. Los primeros en ejecutarla son, casi siempre, los más señalados. Eso no es un accidente, es el costo natural de abrir camino. Pero los caminos se van marcando a fuerza de pisarlos: lo que hoy incomoda porque rompe el molde, con el tiempo deja de sorprender, y termina siendo simplemente lo normal. Cuando este concepto se instale del todo en la sociedad, ya no hará falta atreverse: simplemente será aceptado en su totalidad.
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Desarmar el guion, un «ya para qué» a la vez
Desarmar el edadismo interior no es un acto único, es una práctica diaria. Cada vez que estemos a punto de decirnos «ya para qué», vale la pena detenerse un segundo y preguntar: ¿esa frase es mía, o es un guion que alguien más escribió por mí hace mucho tiempo?
Nosotros los adultos mayores no necesitamos que nos cuiden de nuestra propia edad, ni que decidan por nosotros qué nos corresponde todavía y qué no. Necesitamos permiso propio para seguir empezando cosas. Y ese permiso, a diferencia de lo que el mandato antiguo nos hizo creer, no caduca.
Esta semana, prueba esto: la próxima vez que te escuches decir «ya para qué», anótalo. Solo eso, sin corregirlo todavía. Alcanza con verlo escrito para empezar a notar de quién es realmente esa voz.
¿Cuál es el «ya para qué» que más se te repite? Cuéntamelo en los comentarios.
Este artículo retoma ideas planteadas por el Dr. Diego Bernardini en su columna de opinión publicada en Infobae (Generación Silver), sobre la falta de pedagogía de la longevidad en nuestras sociedades.
Muchas de nuestras concepciones sobre la vida y sobre nosotros mismos las aprendemos, las adoptamos y terminamos asumiéndolas como “verdades”. Las ideas preconcebidas sobre la adultez mayor tampoco escapan a ello.
Por eso, es supremamente interesante y positivo que hoy nos estemos educando para ser más críticos, cuestionar esas creencias y atrevernos a explorar nuevos horizontes, sin límites ni prejuicios.
Es momento de valorar, de una vez por todas, lo que realmente significa ser un adulto mayor: un ser humano con experiencias, aprendizajes, sabiduría, resiliencia emocional y un profundo autoconocimiento.
La adultez mayor no debería vivirse como una etapa de pérdida, sino como una etapa de plenitud, crecimiento y reconocimiento de todo lo que se ha construido a lo largo de la vida.
¡Esta edad merece lucirse con orgullo, como un verdadero trofeo! 🏆
Excelente comentario. Muchas gracias y estoy 100% contigo
Mi frase favorita al igual que para ustedes, «A envejecer se puede y se debe aprender», definitivamente estamos iniciando un nuevo camino a la Longevidad, nueva mentalidad, diferente visión de esta etapa.
Gracias por tu enseñanza, cuidemos no auto sabotearnos.
Saludos
Así mismo. Ya nosotros empezamos el camino y estamos abriendo brechas para otros. El Dr. Bernardini ha sido un faro de luz paraquen nosotros, longevos, podamos vivir esta etapa con agradecimiento y crecimiento.
A envejecer se puede y se debe aprender. Frase que escuché del Dr. Diego Bernardini y me motivó a leer sus libros y a formar parte del 5º Diplomado Internacional de Nueva Longevidad a mis 70 años de edad.
Igual me pasó a mi. Prepararsees un acto de autocuidado y quien mejor que el Dr. Bernardino experto en longevidad para instruirnos. Me siento feliz de haber dado ese paso y no quedarme con guion antiguo