Hay personas que no se van del todo. Que siguen viviendo en el olor a remedios, en el sabor de un recuerdo, en la forma en que uno ríe ante ciertas cosas. Mi abuelo Gerardo es de esas personas y nos dejó un legado de padre a hijo.
El hombre que comparaban con Rodolfo Valentino
Gerardo nació en 1909 en el seno de una familia antioqueña tradicional. Dieciocho hijos. Él era uno de los menores y desde temprano quedó claro que era diferente.
Apuesto, libre, aventurero. La gente lo comparaba con Rodolfo Valentino, el galán del cine mudo que hacía suspirar a medio mundo. Pero mi abuelo no enmudecía ante nada. Tenía opiniones, tenía humor, tenía una chispa que llenaba los espacios. Enviudó joven y nunca volvió a casarse. Fue un galán hasta los últimos años de su vida — de esos hombres que no pierden el encanto con los años sino que lo afinan, como el buen aguardiente.
En una familia grande y tradicional, él era lo que suelen llamar la oveja negra. Yo prefiero llamarlo un hombre atrevido.
Solo llegó hasta tercer grado de primaria. Pero lo que le faltó de escuela, le sobró de inteligencia práctica, de curiosidad, de ese olfato para la vida que ningún aula hubiera podido enseñarle.
La Botica Junín y el nacimiento de un farmaceuta.
Su universidad fue la calle. Y su primer gran maestro, la Botica Junín de Medellín, una de esas farmacias antiguas donde el conocimiento se transmitía de voz en voz, de olor en olor, de fórmula en fórmula.
En aquella época, la farmacia era un oficio empírico. No había títulos que enmarcar ni diplomas que colgar. Había observación, memoria, intuición y una disposición genuina para aprender. Gerardo tenía todo eso en abundancia. Era buen aprendiz — de los que escuchan de verdad, de los que no olvidan lo que aprenden.
Y cuando sintió que sabía suficiente, hizo lo que hacen los verdaderos emprendedores: se lanzó solo. Con el tiempo, cuando el Estado colombiano comenzó a regular estos establecimientos y exigir licencias, Gerardo tramitó la suya. Lo empírico se encontró con lo oficial — y él salió airoso, porque lo que sabía no era poca cosa.
Pero Gerardo no era solo farmaceuta. Era, ante todo, un hombre del mundo. Le encantaba viajar y lo hacía con una audacia poco común para su época. Recorrió tierras lejanas cuando viajar no era fácil ni barato, y llegó hasta donde pocos se atrevían. Se internó en la selva amazónica en tiempos en que el mundo apenas comenzaba a saber de ella — cuando la Amazonia era todavía un misterio verde e inmenso que intimidaba a los más valientes.
Ese era Papito Flaco: alguien que no conocía los límites que otros se imponían solos.
La Farmacia Ingrumá y el médico que nunca fue
Riosucio, Caldas. Un pueblo donde los médicos escaseaban y la gente necesitaba respuestas. Ahí estaba Gerardo, detrás del mostrador de su Farmacia Ingrumá, recetando, orientando, escuchando.
Porque en esos tiempos, en los pueblos de Colombia, el farmaceuta era mucho más que quien despachaba medicamentos. Era consejero, diagnosta, confidente. La gente llegaba con sus males y él tenía, casi siempre, una respuesta.
En la trastienda de la farmacia tenía su pequeño laboratorio. Un espacio donde preparaba sus propios remedios con una precisión que sorprendía a quienes lo conocían. Continuamente acudía a dos compañeros inseparables: un libro antiguo de fórmulas esenciales, manoseado y lleno de historia, y el vademécum siempre actualizado — porque Gerardo era de los que aprendían sin parar, sin importar lo que ya sabían. El más famoso de sus preparados era su pomada rosada: una fórmula propia que, según quienes la usaron, quitaba las manchas de la piel como por arte de magia.
Yo creo que hubiera sido un médico extraordinario. No por sus conocimientos técnicos — que los tenía — sino por algo más difícil de aprender: la intuición. Esa capacidad de mirar a una persona, escucharla, y dar con lo que le pasaba. Casi siempre acertaba.
El secreto de los frasquitos amarillos
Aquí es donde la historia se pone buena. Y pido perdón de antemano porque no puedo contarla sin reírme.
Mi hermana y yo éramos niñas. Y en la farmacia del abuelo, de vez en cuando, aparecían unos frasquitos pequeños — de los de onza, de vidrio transparente — llenos de un líquido amarillo, apenas tapados con un corchito.
Nos encantaban. Los agarrábamos, los movíamos, los usábamos en nuestros juegos. Nadie nos dijo nada durante un buen tiempo.
Hasta que un día, alguien, con toda la delicadeza del mundo, nos explicó qué eran.
Muestras de orina. De los pacientes del abuelo, que se las llevaban para que él las «leyera» — las observara, las analizara a su manera — y les dijera qué tenían.
Y lo hacía bien. Con una precisión que desafiaba cualquier explicación racional.
Nos reímos mucho ese día. Y cada vez que lo recuerdo, me río igual.
Crecer entre frascos y olor a mertiolate
Para ese entonces, esa farmacia era mi mundo. Un universo de olores, colores y sonidos que quedaron grabados para siempre en algún lugar de la memoria donde las cosas no se borran.
El olor del mertiolate. Los pachulíes. Los Alka-Seltzers que chispeaban en el vaso de agua. Los Saridones envueltos en su papel plateado. Y sobre todo, colgado en el techo a la entrada, el reloj de Prontito Alka-Seltzer — ese ícono publicitario que para mí era simplemente parte del paisaje cotidiano.
Crecí ahí. Entre frascos de onza y recetas escritas a mano. Entre clientes que llegaban con sus males y se iban con algo más que un medicamento: se iban con la tranquilidad de haber sido escuchados.
El legado que se hereda
Mi padre, como sus hermanos, también fue farmaceuta. No fue una coincidencia ni una obligación — fue una vocación heredada, el talento de Gerardo multiplicado en la siguiente generación.
Y hay una foto que lo dice todo: mi padre en la farmacia, sentado junto al representante de una compañía farmacéutica, sonriente, pícaro, tan a gusto en su mundo como siempre lo estuvo. Con ese mismo encanto que heredó de Gerardo y que hacía que todos quieran estar cerca de él. Y luego otra, que es quizás la más preciosa de todas: él sosteniéndome en brazos, a mí, recién nacida.
En esa imagen están los tres. Él, yo, y la sombra luminosa de Gerardo detrás de todo.
Sus últimos días
Gerardo murió de enfermedad pulmonar, producto del cigarrillo y de sus interminables parrandas. Porque también sabía celebrar la vida con la misma intensidad con que la trabajaba. Pero ni la enfermedad pudo doblegarlo del todo.
Ya en sus últimos tiempos, cuando debía moverse con su pipa de oxígeno, seguía sentándose a atender la clientela como podía, en la Droguería Humanitaria — la última farmacia que fundó y que llevaba el nombre más fiel a lo que él siempre fue: un hombre al servicio de los demás.
Murió como morimos los paisas: con el azadón en la mano.
Gracias, abuelo
No fue un hombre de grandes estudios. Fue algo mejor: un hombre de grandes acciones. Trabajador infatigable, generoso, buena gente. Con un humor finísimo que hacía que estar cerca de él fuera muy placentero.
Fundó un clan. Sembró valores de trabajo y emprendimiento que mi padre heredó, y que de alguna manera, yo también llevo conmigo.
Hoy, Día del Padre, no hay flores ni discursos suficientes. Solo esto: el recuerdo vivo, el agradecimiento genuino, y un abrazo enorme mandado al cielo.
Una historia que puede ser la tuya
Papito Flaco era mi abuelo. Pero mientras escribía estas líneas, pensé en cuántos de ustedes estarán reconociéndolo.
Porque Gerardo no es solo un nombre en el árbol genealógico de una familia antioqueña. Es una figura que muchos conocemos bajo distintos nombres y rostros. El abuelo aventurero que nunca encajó del todo. El padre autodidacta que aprendió más de la vida que de los libros. El pionero que se lanzó sin red cuando nadie lo hacía. El galán seductor. El hombre que trabajó hasta el último aliento.
Esos hombres existen en todas las familias. Y hoy son ellos los homenajeados.
Este Día del Padre no es solo para los papás presentes — es para todos los que ya partieron y siguen viviendo en nosotros. Para los audaces, los aventureros, los que rompieron moldes y sembraron caminos donde no había ninguno. Para los que nos dieron no solo la vida, sino la forma de vivirla.
Hoy quiero hacer una mención especial al Dr. Diego Bernardino, padre del movimiento de la Nueva Longevidad, que está redimensionando la vida de muchas personas y demostrando que la audacia, la curiosidad y el espíritu pionero no tienen edad. A él, que también es un constructor de legados, ¡feliz Día del Padre!
Y a todos los que se atreven — a vivir, a explorar, a dejar huella — este homenaje también es para ustedes.
Los llevamos. Siempre
Si esta historia te resonó, te invito a seguir explorando en Tribbon — un espacio creado para quienes creen que la mejor etapa de la vida todavía está por vivirse.
Clara Mesa
Fundadora de Tribbon, plataforma de bienvivir y empoderamiento para adultos mayores activos, con más de 25 años viviendo en Curazao.