Hoy quiero compartir un homenaje muy especial en este Día de la Madre: el de una familia italo colombiana que, gracias a una mujer extraordinaria, ha sabido mantenerse unida a través de cuatro generaciones. Mi tía Lala acaba de cumplir 87 años, y su historia merece ser contada..
Tía Lala: la mujer que convirtió el amor en legado
Hay personas que pasan por la vida dejando huella. Y hay otras —muy pocas— que dejan raíces. Mi tía Laura es de las segundas.
Hoy, en este Día de la Madre, quiero contarles sobre una mujer que acaba de cumplir 87 años con vitalidad y alegría. Pero no quiero hablar de su edad. Quiero hablar de su historia.
Una historia que cruzó el Atlántico
Todo comenzó cuando Giussepe, un ciudadano italiano con el corazón inquieto y los ojos llenos de futuro, decidió que su vida estaba en Colombia. No vino solo a buscar tierra. Encontró mucho más: encontró a Laura.
De esa unión entre dos mundos —la calidez latina y el carácter mediterráneo— nació una familia que hoy es, para quienes la conocemos de cerca, un verdadero ejemplo de lo que significa construir con buenos cimientos.
Él partió. Ella sigue.
Giussepe ya no está entre nosotros. Y esa ausencia, que nunca deja de doler, podría haber apagado muchas cosas. Pero no la apagó a ella. Porque Laura no es de las que se apagan.
Sigue siendo el pilar. La que escucha, la que aconseja, la que abraza sin preguntar. La que recuerda los cumpleaños, la que reza por cada uno, la que con solo estar en una habitación cambia el ambiente.
El privilegio de las tres generaciones
Vivimos en una época en que tener tres o cuatro generaciones reunidas alrededor de una mesa es casi un milagro. Los mayores se van, o los jóvenes —entre presiones, miedos y urgencias— postergan la familia hasta que ya no hay momento.
Por eso lo de Laura es tan especial. Ella es madre, abuela y bisabuela. No es un dato estadístico. Es un testimonio de vida. De amor que no caduca, de valores que se transmiten, de familia que se cuida y se elige cada día.
Gracias, Tía Lala
No hay palabras suficientes. Pero hay algo que sí podemos hacer: decírselo. Hoy, mañana, y cada vez que tengamos la suerte de tenerla cerca.
Porque mujeres como ella no abundan. Y mientras Dios nos la conserve, la responsabilidad es nuestra: honrarla, quererla, y aprender de cada arruga en su cara que esconde una historia, una lección, un amor vivido a fondo.
Feliz Día de la Madre, Tía. Que el cielo te cuide, y que nosotros sepamos merecerte.
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