¿Recuerdas a Los Supersónicos? Autos voladores, videollamadas, robots en casa. Todo aquello que veíamos en esa pantalla en blanco y negro y nos parecía pura fantasía juvenil, hoy es real. Y eso, si lo piensas bien, es extraordinario.
Hay momentos en que la realidad te golpea con una imagen. Esta imagen me la enviaron mi entenado y su esposa china, tomada durante su viaje más reciente. En ella aparece un robot de servicio en el pasillo de un hotel, realizando entregas a las habitaciones con una autonomía que, hace apenas una década, era territorio exclusivo de la ciencia ficción. Ellos lo fotografiaron sin mucha sorpresa — ella criada en una cultura que lleva décadas conviviendo con la automatización, y él porque ya lo había visto antes. Yo, desde aquí, todavía tengo la boca abierta.
Ver un robot ya no es noticia. Lo que sí lo es, al menos para mí, es entender lo que ese robot representa: estamos ante el inicio de una integración masiva de la inteligencia artificial y la robótica en los espacios más cotidianos de nuestras vidas. Hoteles, hospitales, hogares. El salto ya no es tecnológico; es cultural.
Una generación que no termina de asombrarse
Detente un momento y piensa en todo lo que hemos visto. Nacimos en un mundo sin internet, sin telefonía celular, sin microondas. Aprendimos a escribir a máquina. Vimos llegar el primer fax, el primer correo electrónico, el primer smartphone. Pasamos de enciclopedias en papel a tener todo el conocimiento humano en el bolsillo. De cartas que tardaban semanas a videollamadas instantáneas al otro lado del planeta, exactamente como lo imaginaban los creadores de Los Supersónicos.
Somos, sin exageración, la generación que más transformaciones ha presenciado en una sola vida en toda la historia de la humanidad. Y lejos de haber terminado, estamos frente al próximo gran capítulo.
Ante esto hay dos lecturas posibles. Una te llena de incertidumbre y miedo a lo desconocido. La otra, de un orgullo profundo y de curiosidad. Yo elijo la segunda, aunque entiendo perfectamente la primera.
El miedo más obvio: el empleo
La primera reacción ante estas imágenes suele ser defensiva. «Nos van a quitar los trabajos.» Y es una preocupación legítima. Según la Organización Internacional del Trabajo, la automatización podría transformar radicalmente hasta el 85% de los empleos actuales en las próximas dos décadas. No se trata de alarmismo; es una realidad que ya está afectando sectores como la manufactura, la logística y el comercio.
Pero hay otra cara de esta moneda que rara vez se discute con la misma urgencia.
La paradoja: ¿Y quién nos cuidará a nosotros?».
El mundo envejece a una velocidad sin precedentes. Para 2050, la ONU proyecta que habrá más de 2,100 millones de personas mayores de 60 años en el planeta, el doble de hoy. Y al mismo tiempo, la tasa de natalidad cae globalmente, reduciendo con ella el número de personas disponibles para roles de cuidado.
Hoy ya existe una crisis silenciosa de cuidadores: familias que no pueden costear asistencia permanente, adultos mayores que viven solos sin apoyo suficiente, y sistemas de salud desbordados. Solo en los países de la OCDE, se proyecta una escasez de 13.5 millones de trabajadores del cuidado para 2040. Los países más envejecidos del mundo, como Japón, Corea del Sur y Alemania, ya están sintiendo este déficit con toda su fuerza.
Entonces me pregunto: ¿no podría ser precisamente ese robot del pasillo de hotel parte de la solución?
Una oportunidad disfrazada de amenaza: lo que ya existe hoy
Cuando investigué más allá de la foto, descubrí que la respuesta ya está en marcha, y es más concreta de lo que imaginaba.
En el Reino Unido, la empresa de salud digital Cera realiza actualmente más de 3,000 visitas semanales a adultos mayores y personas vulnerables utilizando robots asistentes que permanecen en sus hogares. Estos robots les recuerdan cuándo comer, cuándo tomar sus medicamentos, y monitorean su bienestar en tiempo real, alertando al equipo médico si detectan cambios preocupantes.
En los hospitales de Estados Unidos, el robot Moxi, desarrollado por Diligent Healthcare en Austin, Texas, ya recorre pasillos de manera autónoma llevando suministros, muestras de laboratorio y ropa de cama, liberando a las enfermeras para concentrarse en lo que ninguna máquina puede reemplazar: el cuidado humano directo. De manera similar, el robot TUG de la empresa Aethon opera en más de 37 hospitales de veteranos en todo el país.
Para quienes necesitan compañía además de asistencia, existe ElliQ, desarrollado por Intuition Robotics, un compañero de inteligencia artificial que recuerda conversaciones anteriores, adapta los temas al interés de cada persona, envía recordatorios de salud y facilita videollamadas con familiares. Estudios muestran que el 94% de sus usuarios reportan una mejora en su calidad de vida.
Y en China, el país de origen de la esposa de mi entenado, la empresa Fourier acaba de lanzar GR-3, un robot humanoide de tamaño real diseñado específicamente para el cuidado de adultos mayores, que combina asistencia física con interacción emocional. El gobierno chino, además, lanzó en 2025 un programa nacional piloto que exige el despliegue de robots de cuidado en al menos 200 familias, reconociendo que la crisis demográfica no puede resolverse solo con políticas de natalidad.
El mercado global de robots de compañía en salud, valorado en 3,140 millones de dólares en 2025, se proyecta a alcanzar casi 14,000 millones para 2034. No es una tendencia emergente; es una transformación que ya comenzó. Otro Supersónico que dejó de ser ficción.
Lo que los robots no pueden reemplazar, y lo que sí
Todos los investigadores y desarrolladores de esta tecnología coinciden en un punto: los robots no están aquí para reemplazar el calor humano, sino para estar presentes cuando ese calor no alcanza. No reemplazan la visita de un hijo, el abrazo de un nieto, ni la decisión clínica de una enfermera experimentada. Pero sí pueden recordarte que tomaste tu medicamento, avisarle a tu médico si no te levantaste a la hora habitual, o simplemente conversar contigo a las 3 de la mañana cuando el sueño no llega y no quieres despertar a nadie.
Dicho esto, no se trata de romantizar la tecnología ni de ignorar sus riesgos: la brecha digital, la pérdida de empleos en sectores vulnerables, y las preguntas éticas sobre privacidad y dependencia son conversaciones que debemos tener con urgencia y sin ingenuidad.
El privilegio de haber visto tanto, y el reto de ver más
A mis 69 años, me detengo a veces a pensar en la suerte que hemos tenido. No en el sentido trivial de la palabra, sino en el más profundo. Hemos sido testigos de privilegio de momentos que cambiaron el curso de la humanidad: el primer hombre en la luna, el nacimiento de internet, la revolución del genoma humano, la llegada de la inteligencia artificial. Cada uno de esos momentos fue, en su tiempo, tan desconcertante e incierto como lo que vemos hoy.
Y aquí seguimos. Curiosos. Vivos. Todavía asombrados.
No podemos escapar de la tecnología. Pero sí podemos elegir nuestra relación con ella. Mi convicción es que los adultos mayores no debemos ser espectadores pasivos de esta revolución, sino participantes activos. Aprender a usar estas herramientas, exigir que sean diseñadas pensando en nosotros, y entenderlas como aliadas para nuestra calidad de vida, no como amenazas a nuestra dignidad.
El futuro ya llegó. Está en el pasillo de un hotel, en el hogar de un adulto mayor en Londres, en los pasillos de un hospital en Texas, y en los laboratorios de Shanghái. Es, en cierta forma, el próximo episodio de Los Supersónicos.
Y yo prefiero verlo con curiosidad y con el orgullo de quien sabe que ha tenido el privilegio de ver más que casi cualquier generación antes que la nuestra.
¿Y ustedes? Si tuvieran la oportunidad, ¿dejarían que un robot les trajera el desayuno o les recordara sus medicinas? Las leo en los comentarios
Si como yo, sientes que esta nueva etapa requiere nuevas herramientas y una mentalidad abierta, te recomiendo estas lecturas que han sido brújula en mi propio camino. Son el complemento ideal para entender que el futuro no se espera, se construye.